Él me hizo verme. Yo me comía con la mirada en un espejo y a él le gustaba observarme mientras lo hacía. Me llamaba presumida pero le encantaba saber que sólo quería ser bella por y para él.
Le vi llegar violento y acelerado. Su respiración se entretenía paseando entre la excitación y la rabia. Yo ya sabía de qué se trataba. Qué quería. Las nínfulas lo sabemos todo de Humbert. Lo intuimos todo. Así que para cuando sacó el cuchillo y las garras, yo ya me había molestado en arrancarme la camisa, sin desabotonarla, para dejarle mi pecho descubierto a la puñalada que sabía que me merecía desde hacía tiempo. Por ilusa. En mi piel, escrito a fuego se leía “Ella se deja de querer para quererle solo a él”. Qué asco.
Me hago radical, agresiva. Los colmillos crecen y hacen sangrar mis labios.
Noté que sus brazos me ataban más fuerte, mucho más fuerte. Casi doliendo.
Mi única ventaja, lo único que me hace especial, es la facilidad para encajar conmigo misma. Por eso no tengo más razones para mantener este ligero hilo negro de vida.
Antes de hincarme la primera puñalada, me miró, me olió, lamió mi cuello provocando una excitación mutua. Se quedó un minuto exacto penetrando mis ojos con los suyos. Luego llegó la sangre. Antes de la segunda, me tocó. Antes de la tercera, me masturbó. Antes de la cuarta, lloró. Yo seguía sonriendo. Sabía que ese momento tenía que llegar. Me moría de placer. Porque él estaba otra vez ahí, conmigo. Prestándome atención sólo a mí. Por fin. No había nadie más en ese momento que yo para él. Él sabía qué estaba pensando. Por eso no pudo evitar que una lágrima saliese de su globo ocular. El señor de la sangre fría se volvió tierno y frágil por una décima de segundo. Para cuando quiso recuperarme, yo yacía inmensamente feliz en el suelo.
Mis pupilas se habían apagado por ese día. Aunque el iris brillaba mirándole a él. Fulminándole. Obligándole a pensar que quizás, a quien realmente quería asesinar era a él mismo.
Echas de menos a tu nínfula y por ello no puedes evitar odiarla, Humbert. La echas de menos y te duele. Odias hacerte vulnerable ante mí. Por eso me rompes. Por eso me asesinas varias veces en el tiempo, maldito sangre fría. Para luego resucitarme. Para luego volver a engañarme. Para luego volver a odiarme. O eso me gusta pensar, para no tener que creer lo insulso y absurdo de la existencia de la niña de porcelana en este mundo.
Sigue siendo jodidamente difícil descifrarte. Y me has enganchado, porque odio los misterios sin resolver, los extraterrestres translúcidos que se entrevén en tu ventana, los fenómenos paranormales que provocas por las noches en mi húmedo ambiente y los fantasmas que te siguen por la habitación cada vez que cruzas el umbral de la puerta.
Y lo peor es que no soy una escéptica. Sino que prefiero pensar en el mundo mágico. En tu mundo de locura y perversión, lo hago mío y me convenzo de que yo siempre he estado ahí. En realidad a ti te gusta. Siempre me abres la puerta. Y los ojos. Y parece que me quieres tragar con la mirada cuando decido situarme encima de tu cuerpo. Tienes hambre, pequeño sucio animal. Y tus escamas se vuelven suaves para no rozarme la piel. Para mantenerla intacta después del contacto. Para que no sufra. Para darme placer. Para alimentarme de ti.
Estoy convencida que de todos esos ovnis que sobrevuelan tu azotea, uno te ha abducido durante un par de años, devolviéndote a la tierra con aspecto indefenso, frágil, quebradizo. Justo antes de conocerte, cuando todavía eras sociable, tierno y amante. Hoy eres arisco, atractivo e inhumano. Y no hay nada más que pueda coincidir tanto con mi sociopatía innata. Has dado con una nínfula enrevesada, malpensada y terrorífica. Has encontrado tu medicamento en tu propio terreno. Llegué, sin más. Te descubrí, sin menos.
Tanto los lunáticos como los marcianos, solo sabemos odiar. Un acto de ultraviolencia que excita… Por eso tomamos la democrática decisión de pegarnos en incontrolables noches de sexo.
Qué desangelada se queda la escena cuando no hay tensión sexual. Cuando no hay conflicto sexual, cuando no hay una tensión sexual no resuelta. Así empiezan los problemas. Cuando le miras y sólo quieres volver a mirarle teniéndolo todo para ti. Única y exclusivamente para ti. Porque el sexo es en sí, muy egoísta.
Su piel: para mí
Sus manos: para mí
Sus ojos: clavados en mí
Todo: para mí
Todo.
Pero no es tan sencillo, y menos si eres una nínfula. Todo, siempre, acaba significando algo. Y quieres saber más, conocerle más. Te dejas poseer, todo a cambio de un par de palabras, de un par de mensajes escritos en una servilleta para tratar de tenerte ahí, de no tener que prescindir de ti, porque saben que tú, no serás capaz de decir que no. Te dejas utilizar y te escudas en la supuesta posibilidad de que te quiera, ese mínimo necesario para que, casi sin darse cuenta, le apetezca dormir pecho contra espalda y sin sábanas de por medio. Rogué a mi Dios, tan piadoso siempre él, tener un sitio, un lugar donde poder caerme muerta. Porque las nínfulas no descansan nunca. Están sentenciadas a caerse. Sólo caen. Porque se dejan caer.
La supeditación al amor es un error que acucian durante toda su vida. Aunque sea un amor un tanto falso. Yo no amo a Humbert. Él me tiene. Me posee. Yo, simplemente, me he acostumbrado obsesivamente a tenerle cerca.
La dominación de las nínfulas sobre sus amos, una mera mentira tras la que escondemos el terror a la soledad, y la rabia del encierro, derivan en un síndrome de Estocolmo que nos encanta. Que nos enciende. Que nos posee y no nos abandona. Y no quiero abandonar a Humbert. ¿Por que lo haria? :o
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viernes, 23 de septiembre de 2011
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